Hay historias que no deberían existir. Historias en las que la enfermedad pone a prueba a una familia y en las que la Administración, en lugar de tender la mano, añade más incertidumbre. Eso es lo que está viviendo Andrés, guardia civil destinado en el Puesto
de La Roda (Albacete).
Tras el reciente caso de Gabriel, al que se le negó la reducción de jornada para cuidar de su hijo gran prematuro con riesgo neurológico, AUGC denuncia un nuevo episodio que evidencia que no estamos ante un hecho aislado, sino ante una forma de gestionar las situaciones de especial vulnerabilidad en la Comandancia de Albacete.
Cuando la enfermedad entra en casa.
Hace unos meses la esposa de Andrés fue diagnosticada de un cáncer de mama. Fue intervenida quirúrgicamente y comenzó un tratamiento especialmente agresivo: un primer ciclo de cuatro sesiones de quimioterapia cada dos semanas como tratamiento de choque y un segundo ciclo de ocho sesiones semanales, del que actualmente continúa recibiendo tratamiento. Después deberá afrontar radioterapia. A todo ello se suma el cuidado de una hija de diez años con un 40 % de discapacidad derivada de un trastorno del espectro autista.
Durante todo ese tiempo Andrés no pidió ningún trato de favor. Continuó acudiendo cada día a su puesto de trabajo, compaginando el servicio con el cuidado de su esposa, su hija y su hogar.
Andrés lleva destinado en el Puesto de La Roda desde finales de 2008. A lo largo de estos años ha prestado servicio en Seguridad Ciudadana, Atención al Ciudadano, Investigación y Equipos ROCA y ha ejercido durante varios años como monitor del Plan de Acción Tutorial (PATIO), contribuyendo a la formación de nuevos guardias civiles.
Su trayectoria profesional fue reconocida por la propia Guardia Civil con la Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil con distintivo blanco, concedida precisamente en la Comandancia de Albacete.
Y, sin embargo, cuando la enfermedad llamó a la puerta de su casa, ese mismo servidor público que durante años ha dedicado su vida al servicio de los demás se encontró solo frente a un procedimiento administrativo.
Cuando ya no pudo más, pidió la ayuda que reconoce la ley
Solo cuando los efectos de la quimioterapia hicieron imposible sostener la situación solicitó la reducción de jornada retribuida prevista legalmente para el cuidado de familiares de primer grado con enfermedad muy grave.
Lo hizo convencido de que la Administración comprendería que detrás de aquella solicitud no existía un interés personal, sino una necesidad absolutamente evidente.
Dos meses de silencio
Desde el momento en que presentó su solicitud comenzaron los silencios, pasaban las semanas, su esposa seguía recibiendo las sesiones de quimioterapia. Él continuaba trabajando cada día. Nadie llamó para interesarse por la situación de la familia. Ningún mando preguntó cómo evolucionaba la enfermedad. Nadie mostró la más mínima preocupación por un guardia civil que seguía cumpliendo con su servicio mientras intentaba sostener, prácticamente solo, el peso de toda su familia.
La Administración disponía de un plazo de hasta tres meses para resolver. Ni siquiera hubo un gesto humano..., La única respuesta fue esperar.
La respuesta que nadie podía imaginar
El pasado 9 de junio, cuando Andrés recibió una llamada comunicándole que existía una respuesta a su solicitud, pensó que, por fin, iba a obtener la ayuda que necesitaba. La realidad fue muy distinta. No recibió una resolución. Recibió un nuevo requerimiento de documentación.
La Comandancia de Albacete le solicitaba un informe que acreditara que el cáncer de mama que padecía su esposa podía calificarse como "enfermedad muy grave", además de justificar nuevamente las fechas del tratamiento, pese a que ya constaban la intervención quirúrgica, la quimioterapia prescrita y el tratamiento posterior de radioterapia.
Para AUGC, este requerimiento supone mucho más que un trámite administrativo. Supone una absoluta falta de sensibilidad hacia quienes atraviesan uno de los momentos más difíciles de su vida.
Porque mientras la Administración discutía si un cáncer debía calificarse como "muy grave", la enfermedad seguía avanzando, las sesiones de quimioterapia continuaban y la familia seguía afrontando sola una situación límite
Una ayuda que puede llegar cuando ya no haga falta
A día de hoy, la esposa de Andrés continúa recibiendo las sesiones de quimioterapia previstas por los especialistas y todavía deberá afrontar el tratamiento de radioterapia.
Sin embargo, meses después de presentar la solicitud, el guardia civil sigue sin recibir la reducción de jornada prevista precisamente para poder cuidar de ella.
Paradójicamente, cuando la Administración decida resolver, es posible que el tratamiento haya finalizado y que, afortunadamente, la fase más dura de la enfermedad haya quedado atrás. Si eso ocurre, la finalidad de la medida habrá desaparecido por el simple transcurso del tiempo.
La ayuda llegará cuando ya no haga falta
Del cáncer a la ansiedad
La demora ha terminado teniendo consecuencias devastadoras. La presión acumulada, la incertidumbre y la sensación de abandono provocaron que Andrés sufriera una crisis de ansiedad y tuviera que causar baja médica. Hoy ya no hay una sola persona enferma en esa casa: hay una mujer luchando contra un cáncer, una niña con discapacidad que necesita estabilidad y un guardia civil psicológicamente agotado.
La distancia entre el discurso y la realidad
Para AUGC, este caso vuelve a demostrar que existe una preocupante diferencia entre el discurso institucional y la realidad que viven los guardias civiles y sus familias.
Mientras desde la Dirección General se habla de conciliación, bienestar, corresponsabilidad y apoyo a las familias, determinadas decisiones adoptadas en la Comandancia de Albacete transmiten justamente el mensaje contrario.
No se trata únicamente de aplicar una norma. Se trata de entender que detrás de cada expediente hay personas, hay familias, hay niños, hay enfermedades y hay guardias civiles que, cuando termina su servicio, siguen dedicando todas sus fuerzas a cuidar de quienes más quieren.
Una cicatriz que no desaparecerá
La esposa de Andrés, con el esfuerzo de los profesionales sanitarios y su fortaleza, probablemente vencerá a la enfermedad, eso es lo que todos deseamos. El cáncer puede quedar atrás. Lo que será mucho más difícil de borrar será la huella que deja una institución que, cuando una familia necesitaba comprensión, rapidez y apoyo, respondió con silencio, demoras y nuevos requerimientos burocráticos.
Los guardias civiles son los primeros en acudir cuando cualquier ciudadano necesita ayuda, no preguntan si la emergencia puede esperar, no retrasan su intervención por un trámite administrativo, no dejan sola a una familia cuando atraviesa uno de los momentos más difíciles de su vida.
Por eso resulta especialmente doloroso comprobar que, cuando es un guardia civil quien necesita el respaldo de su propia institución, la propia Benemérita pueda llegar demasiado tarde y termine convirtiendo un procedimiento administrativo en un problema humano.
AUGC exige un cambio inmediato
La Asociación Unificada de Guardias Civiles exige que este expediente sea resuelto con la urgencia y la sensibilidad que merece, pero también reclama que este caso sirva para corregir un problema que no puede volver a repetirse.
AUGC solicita a la Dirección General de la Guardia Civil que establezca criterios claros y dicte instrucciones a toda la cadena de mando para garantizar una aplicación homogénea de los permisos de conciliación y evitar interpretaciones excesivamente restrictivas en situaciones de especial vulnerabilidad.
La Asociación recuerda que la Dirección General cuenta con un Gabinete de Igualdad y Diversidad, encargado de impulsar políticas de conciliación y corresponsabilidad. Por ello, solicita que analice este caso y promueva las medidas necesarias para que ninguna familia vuelva a encontrarse en una situación similar.
Asimismo, AUGC considera imprescindible seguir avanzando en la protección de los guardias civiles y sus familias, adaptando los permisos existentes y desarrollando fórmulas como el permiso por deber inexcusable para responder con mayor rapidez y humanidad cuando una enfermedad grave irrumpe en un hogar.
Porque una institución moderna no se mide por los discursos que pronuncia ni por los planes que presenta. Se mide por cómo trata a los suyos cuando la vida les golpea. Y ninguna familia debería sentirse abandonada precisamente por la institución a la que ha dedicado su vida de servicio.
La enfermedad no espera. La Administración tampoco debería hacerlo